jueves, 26 de junio de 2014

El extraño “crimen”
Tomé con brutalidad su cuerpo entre mis manos, sin darle tiempo a emitir aviso alguno.
  Al llegar a mi casa, nos dirigimos hacia un excusado ubicado en el fondo de mi patio. Una vez adentro, agarré su delgado cuello con todas mis fuerzas hasta que por fin oí ese crack que marcaba el fin de sus días.
  Me aventuré rápidamente a buscar el facón, una vez en mis manos lo observé, su afilado brillo deslumbraba mis ojos.
  Al acercarme nuevamente al cuerpo noté que aún seguía con vida, mientras, lentamente acercaba a su cuello ese filoso brillo. A medida que ejercía presión sobre él, un líquido viscoso recorría mi brazo haciéndome sentir su escalofriante calor.

   La peor parte ya había pasado, mientras sacaba la sangre de mis manos pensaba en lo ocurrido y planificaba cual sería el fin de aquel cadáver…
                                                        ¿pollo asado o estofado de pollo?
 Lucía Ordoñez
MAURO GOMEZ 6 A
Del 25 al 1           Un relato diferente

25 noviembre. Mariana, de 24 años, tiene 23 días para entregar los trabajos de 22 materias diferentes. Ella vive en la “21 Street” en el edificio de 20 pisos. El 19 cumple años, después de visitar 18 pastelerías, encontró una torta de 17 colores distintos. El 16 se encontró con 15 gatos negros, “14 años de mala suerte” dijo Mariana. ¡OH NO! hoy es un martes 13, preocupada rezó 12 avemarías y 11 padrenuestros.
            10 veces intentó despertarse, no sabía que eran las 9 y debía entrar a trabajar a las 8. 7 días más y llegaban las vacaciones. Fue tan feo que parecía haberlo soñado 6 veces, 5 tazas de café le calmarían sus 4 peores temores, 3 veces intentó calmarse y se dijo 2 veces a sí misma, “tranquila tan sólo es 1 un sueño”.

Juan Manuel Bergonzi           4"A"




martes, 27 de mayo de 2014

El Fin Borges

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


El fin
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)




         Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…
         Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aun quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercio de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluímos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.
         Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no; el negro no cantaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
         La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
         Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:
         —Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
         El otro, con voz áspera, replicó:
         —Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.
         Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
         —Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
         El otro explicó sin apuro:
         —Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos.
         Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
         —Ya me hice cargo —dijo el negro—. Espero que los dejó con salud.
         El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.
         —Les di buenos consejos —declaró—, que nunca están de más y no cuestan nada. Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.
         Un lento acorde precedió la respuesta de negro:
         —Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.
         —Por lo menos a mí —dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta—: Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.
         El negro, como si no lo oyera, observó:
         —Con el otoño se van acortando los días.
         —Con la luz que queda me basta —replicó el otro, poniéndose de pie.
         Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
         —Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
         Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
         —Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
         El otro contestó con seriedad:
         —En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.
         Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:
         —Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.
         Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
         Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música… Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Estrategias o recursos argumentativos

  • De autoridad. Se basa en el prestigio de una persona, un grupo o una institución para fundamentar o favorecer una tesis. A mayor importancia o signficatividad de la autoridad, más indiscutible y válido será el argumento. Las autoridades citadas son casi siempre especialistas de un campo específico; se trata así de la autoridad de un experto, aunque también puede tratarse de una autoridad religiosa, de la autoridad de la masa, etc. (En la siguiente página, al pie, guardé en "Archivos adjuntos" una serie de citas).
  • De causa-consecuencia. Presenta las causas que determinan o explican un hecho, o bien el efecto que resulta de un acontecimiento. Es decir, parte del principio de que todo hecho tiene una causa y que todo acontecimiento provoca ciertas consecuencias. Adermás, no sólo muestra la correlación A causa B o B es consecuencia de A, sino también puede explicar  por qué.

  • De ejemplificación o mediante ejemplos. Se consideran argumentos de ejemplificación a los casos particulares que se utilizan de manera incuestionable para afundamentqar una regla. A veces el autor manifiesta explícitamente que un hecho es presentado como ejemplo, mientras que en otras, no. Este tipo de argumento permite - a partir de varios ejemplos- apoyar una generalización. Esto es así porque un solo ejemplo no ofrece el fundamento para llegar a analizar.
  • De generalización. Se habla de generalización cuando los ejemplos presentados pueden considerarse dentro de la misma regla. Es decir, cuando se trata de una enumeración de fenómenos intercambiables que llevan a formular una regla o ley general, o bien a fundamentarla.
  • De analogía o semejanza. La especificidad de la analogía reside en la semejanza entre los términos, o bien por rasgos comunes entre dos fenómenos. Se trata de la similitud de relaciones. Mediante estge tipo de argumento se pasa de un caso específico a otro caso semejante.

  • De comparación. En esta clase de argumento se confrontan o relacionan diversos elementos o fenómenos. A veces las comparaciones se efectúan por oposición; otras pueden manifestarse mediante el uso del superlativo.
  • De refutación: En su texto, el emisor incluye voces que se oponen a su tesis, para discutirlas, contradecirlas o descalificarlas.
  • De ironía. Contraste  que se produce casualmente entre dos cosas y que parece una broma. Modo de expresarse en el que, mediante la entonación, los gestos o burlas, se da a entender algo distinto de lo que se dice.

  • De pregunta retórica. Otra voz que el emisor incluye en el texto es la del receptor al que desea convencer. Uno de los procedimientos para hacerlo consiste en formular preguntas retóricas, que no se plantean para que el lector responda a ellas, sino que ya tienen implícita la respuesta. Anticipan los posibles interrogantes que se formularía el lector, hacen que sea más fácil seguir el desarrollo argumentativo y son utilizadas también para efectuar una aseveración implícita.

  • De concesión. Reconocimientos de ciertos puntos de vista del otro como válidos.


   En definitiva:
    La idea es que podamos leer un texto argumentativo y reconocer tanto las partes como las estrategias.
   ¿Por qué? Porque te permitirá entender cómo se puede convencer a otros con más eficacia... 
   ¿Para qué? El deseo nuestro es que puedas escribir tu propio texto, en tu carpeta,  y luegocompartirlo con los otros: con el profesor (por escrito, y de paso te ayudará a escribirlo) y con tus compañaeros (así comprueban tu capacidad para convencerlos).

miércoles, 28 de agosto de 2013

Olimpíadas de lengua
                                 Alumnos seleccionados

Primer Nivel    Smith Milagros

                      Ordoñez Aldana

                       Pizarro Gastón

Segundo Nivel Vairuz Nahuel
                        Silva, Julisa
                        Torres, Naira

                       Silva Melania
                       Cabral Micaela
                       Dominguez Matías

Tercer Nivel  Ordoñez Lucía
                     Bringas, Athina
                    Castelli, Victoria


Cuarto Nivel   Bima Paola
                      Sucaría Romina
                     Melica Facundo

Felicitaciones....