martes, 26 de agosto de 2014
lunes, 25 de agosto de 2014
El narrador Cuento
10/11/2012
-Cierto día iba Caperucita por el
bosque de… che ¿cómo se llamaba ese bosque?
-¿Cuál? El de… ¿el bosque de
Sherwood?
-No, ése era el de Robin Hood.
-¿Robin Hood no era el compañero de
Batman?
-No, el compañero de Batman era
Mandrake.
-¡Si Mandrake era un mago!
-¿Y qué tiene? Además era el ayudante
de Batman.
-… ¿seguro?
-Claro, ¿para qué te contaría
mentiras, eh? ¿Querés que siga?
-Y, sí…
-El bosque quedaba en Transilvania…
-Che, no jodas. ¿Transilvania no era
donde vivía el Conde Drácula?
-Vos tenés todo mezclado. No prestás
atención a lo que te cuento y se te mezcla todo. Transilvania queda en Estados
Unidos… si me vas a cuestionar todo mejor me callo.
-Sí, mejor.
-… ahora no me callo nada.
-Te callás porque no querés contarme
el cuento, porque no lo sabés.
-Claro que lo sé; ahí te va, cierta
noche, Caperucita estaba cerrando su famoso restaurante…
-¿¡Su famoso restaurante!?
-Sí, cuando de repente recibió una
llamada telefónica…
-… era uno que le avisaba que vos le
estabas haciendo bolsa su cuento.
-No, era su mamá, que le pedía que
pasara de la abuelita a dejarle algo de comer. Le dijo así, “Blancanieves…”
-¿¡”Blancanieves” le dijo!?
-Sí, “Caperucita” se llama el
cuento, pero a ella le encantaba que le dijeran “Blancanieves”. Entonces el tío
le dijo así…
-Che, ¿no era la mamá la que estaba
en el teléfono?
-¡Nunca dije que fuera la madre… por
favor, prestá atención! Dejáme seguir, le dijo así, “Blancanieves, cuando
cierres tu famoso restaurante llevále algo a tu abuelita que recién me habló y
dice que está con un hambre terrible”.
-¿Y por qué la abuelita no la llamó
directamente al restaurante?
-Porque se le olvidaba el número.
-¿Y por qué no lo tenía anotado en
un papelito al lado del teléfono?
-Porque el lápiz se lo había
prestado a un humilde cazador.
-¿El que aparece al final del cuento?
-Exactamente, que fue el que atendió
el teléfono.
-… che ¿No lo había atendido la
misma Caperucita?
-¿Quién? ¿Blancanieves?
-Sí.
-No creo, ella no tenía teléfono.
-¿¡Y dónde recibió la llamada si no
tenía teléfono!?
-Ahí está la gracia, escuchá,
entonces el humilde cazador le dijo a la mamá…
-¿Por qué era “humilde cazador”?
-Porque si hubiera sido rico tendría
empresas pero no sería cazador. Ahora calláte y dejáme contarte el cuento.
-… ¿no tenés otro? No entiendo nada.
-Porque no prestás atención. Entonces
el humilde cazador le dijo, “Mire, señora, su hija se fue a un baile a que le
probaran un zapatito”.
-¿Ese no es el de Cenicienta?
-No, en el que hay un baile es el de
Pinocho.
-En el de Pinocho nunca hubo un
baile, porque él no era como los demás niños.
-El que no era como los demás niños
era Frankestein.
-¡Pero si él era un monstruo!
-Por eso no era como los demás niños,
¿querés que siga o cambio?
-… y no, seguí…
-Entonces la abuelita le dijo…
-¿Qué abuelita? ¿No estaba hablando
con la mamá?
-¿Ves? No atendés. ¿No te dije que la
mamá era sorda?
-¿Sorda?
-Y claro, le habían hecho una
operación, pero no quedó bien.
-¿En el cuento dice eso?
-Por supuesto, yo nunca te mentiría.
Sigo. Entonces le dijo, “No importa yo igual la llamo después, no se olvide de
darle mi mensaje”. Pero ni bien colgó el cazador ya se había olvidado y ese
mismo día la abuelita hubiera muerto de hambre… si no fuera porque pasó un
lobo y se la comió. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¿Te gustó?
-… al medio no lo entendí, pero
estuvo bueno.
-¿Qué parte?
-La de los ladrones que entran a la
pizzería.
-Porque no prestás atención. Mañana
te cuento otro. Luis María Pescetti
lunes, 4 de agosto de 2014
cuentos para atrevidos...
Visitar la página interesantes cuentos te sorprenderán....
http://www.me.gov.ar/artisup/mat/Leerporleer.pdf
lunes, 28 de julio de 2014
Diálogo de muertos Borges
El hombre llegó del sur de Inglaterra en un amanecer del invierno de 1877. Rojizo, atlético y obeso, resultó inevitable que casi todos lo creyeran inglés y lo cierto es que se parecía notablemente al arquetípico John Bull. Usaba sombrero de copa y una curiosa manta de lana con una abertura en el medio. Un grupo de hombres, de mujeres y de criaturas lo esperaba con ansiedad; a muchos les rayaba la garganta una línea roja, otros no tenían cabeza y andaban con recelo y vacilación, como quien camina en la sombra. Fueron cercando al forastero y, desde el fondo, alguno vociferó una mala palabra, pero un terror antiguo los detenía y no se atrevieron a más. A todos se adelantó un militar de piel cetrina y ojos como tizones; la melena revuelta y la barba lóbrega parecían comerle la cara. Diez o doce heridas mortales le surcaban el cuerpo como las rayas en la piel de los tigres. El forastero, al verlo, se demudó, pero luego avanzó y le tendió la mano.
-¡Qué aflicción ver a un guerrero tan expectable derribado por las armas de la perfidia!-; dijo en tono rotundo; !pero también qué íntima satisfacción haber ordenado que los victimarios purgaran sus fechorías en el patíbulo, en la plaza de la victoria!
-Si habla de Santos Pérez y de los Reinafé, sepa que ya les he agradecido-; dijo con lenta gravedad el ensangrentado.
El otro lo miró como recelando una burla o una amenaza, pero Quiroga prosiguió:
-Rosas, usted no me entendió nunca. ¿Y cómo iba a entenderme, si fueron tan diversos nuestros destinos? A usted le tocó mandar en una ciudad, que mira a Europa y que será de las más famosas del mundo; a mí, guerrear por las soledades de América, en una tierra pobre, de gauchos pobres. Mi imperio fue de lanzas y de gritos y de arenales y de victorias casi secretas en lugares perdidos. ¿Qué títulos son esos para el recuerdo? Yo vivo y seguiré viviendo por muchos años en la memoria de la gente porque morí asesinado en una galera, en el sitio llamado Barranca Yaco, por hombres con caballos y espadas. A usted le debo este regalo de una muerte bizarra, que no supe apreciar en aquella hora, pero que las siguientes generaciones no han querido olvidar. No le serán desconocidas a usted unas litografías muy primorosas y la obra interesante que ha redactado un sanjuanino de valía.
Rosas, que había recobrado su aplomo, lo miró con desden.
-¡Usted es un romántico!-, sentenció. -El halago de la posteridad no vale de mucho más que el contemporaneo, que no vale nada y que se logra con unas cuantas divisas.
-Conozco su manera de pensar- contestó Quiroga -En 1852, el destino, que es generoso o que quería sondearlo hasta el fondo, le ofreció una muerte de hombre, en una batalla. Usted se mostró indigno de ese regalo, porque la pelea y la sangre le dieron miedo.
-¿Miedo?- repitió Rosas -¿Yo, que he domado potros en el Sur y después a todo un país?
Por primera vez, Quiroga sonrió
-Ya sé,- dijo con lentitud; -que usted ha ejecutado más de una lindeza a caballo, según el testimonio imparcial de capataces y peones; pero en aquellos días, en América y también a caballo, se ejecutaron otras lindezas que se llaman Chacabuco y Junín y Palma Redonda y Caseros.
Rosas lo oyó sin inmutarse y replicó así:
-Yo no necesité ser valiente. Una lindeza mía, como usted dice, fue lograr que hombres más valientes que yo pelearan y murieran por mí. Santos Pérez, pongo por caso, que acabó con usted. El valor, es cuestión de aguante; unos aguantan más y otros menos, pero tarde o temprano todos aflojan.
-!Así será!- dijo Quiroga -pero yo he vivido y he muerto y hasta el día de hoy no sé lo que es miedo. Y ahora voy a que me borren, a que me den otra cara y otro destino, porque la historia se harta de los violentos. No sé quién será el otro, pero sé que no tendrá miedo.
-A mí me basta ser el que soy- dijo Rosas -y no quiero ser otro.
-También las piedras quieren ser piedras para siempre- dijo Quiroga -, y durante siglos lo son, hasta que se deshacen en polvo. Yo pensaba como usted cuando entré en la muerte, pero aquí aprendí muchas cosas. Fíjese bien, ya estamos cambiando los dos.
Pero Rosas no le hizo caso y dijo como si pensara en voz alta:
-Será que no estoy hecho a estar muerto, pero estos lugares y esta discusión me parecen un sueño, y no un sueño soñado por mi sino por otro, que está por nacer todavía.
No hablaron más, porque en ese momento alguién los llamó.
Jorge Luís Borges, "diálogo de muertos", en El hacedor
lunes, 30 de junio de 2014
jueves, 26 de junio de 2014
El extraño “crimen”
Tomé con brutalidad su cuerpo entre
mis manos, sin darle tiempo a emitir aviso alguno.
Al llegar a mi casa, nos dirigimos hacia un excusado ubicado en el fondo
de mi patio. Una vez adentro, agarré su delgado cuello con todas mis fuerzas
hasta que por fin oí ese crack que marcaba el fin de sus días.
Me aventuré rápidamente a buscar el facón, una vez en mis manos lo
observé, su afilado brillo deslumbraba mis ojos.
Al acercarme nuevamente al cuerpo noté que aún seguía con vida,
mientras, lentamente acercaba a su cuello ese filoso brillo. A medida que
ejercía presión sobre él, un líquido viscoso recorría mi brazo haciéndome
sentir su escalofriante calor.
La peor parte ya había pasado, mientras sacaba la sangre de mis manos
pensaba en lo ocurrido y planificaba cual sería el fin de aquel cadáver…
¿pollo
asado o estofado de pollo?
Lucía Ordoñez
MAURO GOMEZ 6 A
MAURO GOMEZ 6 A
Del 25 al 1 Un relato diferente
25 noviembre. Mariana, de 24 años, tiene 23 días para
entregar los trabajos de 22 materias diferentes. Ella vive en la “21 Street” en
el edificio de 20 pisos. El 19 cumple años, después de visitar 18 pastelerías, encontró
una torta de 17 colores distintos. El 16 se encontró con 15 gatos negros, “14
años de mala suerte” dijo Mariana. ¡OH NO! hoy es un martes 13, preocupada rezó
12 avemarías y 11 padrenuestros.
10 veces intentó
despertarse, no sabía que eran las 9 y debía entrar a trabajar a las 8. 7 días
más y llegaban las vacaciones. Fue tan feo que parecía haberlo soñado 6 veces,
5 tazas de café le calmarían sus 4 peores temores, 3 veces intentó calmarse y
se dijo 2 veces a sí misma, “tranquila tan sólo es 1 un sueño”.
Juan Manuel Bergonzi 4"A"
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